Aquellas plazas, aquellos parques... es un recorrido hermoso e
inteligente por los lugares comunes de nuestra historia local.
Plazas y parques donde crecimos y jugamos, puntos de encuentro,
escenarios de los primeros besos juveniles, de paseo y pensamiento.
El libro explica los cambios operados a lo largo del siglo en las
plazas que han dado vida y sustancia al urbanismo gijonés: El Parchís,
la Plazuela, la plaza del Carmen, Begoña, la Plaza Mayor... y en
esos parques que son permanentes pulmones de una ciudad que no quiere
olvidar su título de capital de la Costa Verde.
Joaquín Aranda, su autor, reúne todas las características para
ser el guía perfecto de este viaje literario. Como gijonés ama
profundamente la ciudad, y como arquitecto sabe estudiar con ojos sabios
y calculadores. Aquellas plazas, aquellos parques... rezuma vida y
aporta una nueva visión de los espacios de siempre y de todos.
"Uno de los sistemas que componen las ciudades son las plazas. Junto con
las calles y los patios conforman el conjunto vacío entre edificaciones
cuya misión principal es la de permitir la iluminación y ventilación de
las piezas habitables que abren a ellos.
La frontera de separación entre lo que es calle y plaza, e incluso entre patio
y plaza, no está definida. Y mucho menos entre lo que es un parque y una plaza.
En general se define como "plaza" aquel espacio libre en el que las proporciones
entre longitud y anchura no son excesivamente grandes, siendo punto de
confluencia de varias calles, facilitando el tráfico o la separación de
circulaciones rodadas y peatonales. Por "parque" se entiende aquel de mayores
dimensiones que la plaza, sin vinculación especial hacia el tráfico que le rodea
y en el que la gran abundancia y variedad de árboles y plantas lo convierten
en lugar idóneo para el descanso y recreo.
En su historia la plaza era el lugar de la villa donde los vecinos y
comarcanos se reunían para celebrar los mercados, las ferias y las
fiestas públicas. En general era un terreno indiferenciado, sin árboles
ni vegetación, situado en zona céntrica o en los aledaños de las poblaciones
que por sus dimensiones permitía una gran afluencia de personas para
realizar sus actividades comerciales, religiosas o lúdicas.
Ha de ser, tras la obligación fijada por los Reyes Católicos en 1480 para
que cada villa dispusiese de un edificio para Cabildo, cuando uno de estos
espacios llegará a convertirse en la Plaza Mayor de la ciudad. En ella,
además del reducto Consistorial, se solían construir otros edificios singulares,
como la iglesia, la lonja o la cárcel. Elemento formal característico
son los soportales de las casas que la rodean, en general habitadas
por los mercaderes que en ellas operan y que facilitarán sus transacciones
mercantiles al convertirse en un instrumento de defensa ante los rigores
del tiempo, ya sea del calor o de la lluvia.
Entre los siglos XVII y XIX se proyectarán "plazas mayores" de nueva planta
ya con el diseño necesario para el nuevo uso y en los que, por supuesto,
el frente principal será ocupado por la Casa Consistorial o Ayuntamiento.
Siguen siendo "plazas duras" sin arbolado, cuya misión fundamental
de ser la disponibilidad para ser masivamente ocupadas para todo tipo de
actividades, desde las corridas de toros hasta los ajusticiamientos..."
(Fragmento del comienzo del libro)
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